VIAJE A ALPES – Parte I

En la entrada anterior hablaba, entre otras cosas, sobre cómo me organizo yo mis viajes, y como dije suelo usar bastante internet, leyendo en foros o blogs a gente que haya hecho rutas similares o por la zona a la que voy a ir yo para ver qué camino seguir, qué ver, que evitar… así que empiezo yo con la primera parte de nuestro viaje a Alpes en agosto de 2011. A ver si a alguien le sirve de algo.

Por cierto, quiero comentar que tras mucho buscar, en su día seguí principalmente una ruta que encontré en un foro que ahora no recuerdo, pero sí recuerdo el nick del forero que la puso: Stelvio. Un gran nick, por cierto. Vaya desde aquí mi agradecimiento por sus recomendaciones.

Día 1: Vitoria-Gasteiz – Carcassonne (Francia), 541 km.

Siete de agosto, inmersos en plenas fiestas de Vitoria (que van del 4 al 9) salimos de casa rumbo a Alpes. Con el cuerpo cansado antes de salir por los excesos de 3 días seguidos de jarana, pero con ganas de moto, como siempre. Más de 500 km. de autopista por delante, con lo que me aburre. Poco que decir del primer día: paradas cada poco tiempo para descansar y refrescarnos (hacía bastante calor, el habitual en esas fechas por el sur de Francia) y sólo tuvimos una pequeña tormentilla con 4 gotas nada más abandonar España.

Salida

Una vez llegados a Carcassonne dejamos todo en el hotel que estaba a las afueras (Etap Carcassonne La Cité, 58€/noche), nos pusimos algo más cómodo y fuimos a visitar el centro amurallado. Elegí el lugar porque pillaba bien en la ruta, pero fue todo un acierto. Es un lugar precioso, casi de cuento. Simplemente atravesar sus murallas y pasear por sus calles te lleva a plena edad media. Pena que el castillo ya no estaba abierto, porque por dentro tiene que ser impresionante.

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Un tranquilo paseo por sus callejuelas, cenita en una terraza, y al hotel a descansar, que parte de mi cuerpo seguía en Vitoria y no se había enterado de que estábamos ya a cientos de km. de casa.

Día 2: Carcassonne – Chambéry (Francia), 472 km.

De nuevo tocaba autopista para ir acercándonos poco a poco a Alpes, y el calor apretaba un poco más que el día anterior. Según nos íbamos aproximando al destino empezaron a aparecer en el horizonte montes de tamaño importante que nos daban la bienvenida y nos preparaban para lo que íbamos a ver de ahí en adelante. Recuerdo haber parado a sacar alguna foto impresionado por algunas sierras, ignorando las dimensiones de lo que veríamos los siguientes días.

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Tras llegar a Chambéry y dejar todo en el hotel (Etap Centre Ville, 100€ dos noches) nos acercamos con la propia moto al centro. Recuerdo que la primera impresión fue bastante lamentable. No acabábamos de encontrar la zona “viva” de la ciudad, y no había casi nadie por la calle. Empecé a arrepentirme de haber cogido dos noches allí.

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Una vez aparcada la moto por el centro recorrimos las calles peatonales repitiéndose la impresión de soledad. De hecho incluso nos costó encontrar un sitio donde cenar, aunque por suerte acabamos en un restaurante (La Granje) que tenía “especialidades saboyardas” y donde cenamos la mejor fondue que he probado en mi vida. Muy recomendable.

Día 3: Chambéry (descanso).

Al día siguiente no había ruta, así que tocaba visitar la ciudad. Volvimos al centro con esperanza de que hubiese más gente… y efectivamente, la ciudad parecía un lugar diferente. Con todos los comercios abiertos, las terrazas de bares y restaurantes llenando las calles y gente por todas partes Chambéry parecía otro. Callejuelas estrechas, antiguas, de piedra, alternadas con anchas avenidas. Edificios más o menos actuales junto a otros mucho más antiguos con enormes contraventanas pintadas de diferentes colores. Una curiosa mezcla de épocas que en conjunto crean una ciudad atractiva y que invita a pasear. A destacar la catedral, que si bien no es nada espectacular, los trampantojos que adornan su interior hacen dudar a cualquiera si en sus paredes y techos hay relieve o es sólo pintura.

Eso sí, según avanzaba la tarde descubrimos por qué el día anterior estaba todo desierto: la gente desaparece casi de repente a eso de las 7 u 8, como si hubiese un toque de queda general del que nosotros no estábamos avisados. Curioso siendo agosto y habiendo tanta vida durante el día, pero así de sosos son por esas zonas.

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Cenamos unas pizzas prácticamente solos en una terraza, y al hotel, que al día siguiente empezaban de verdad los Alpes.

Día 4: Chambéry – All’Acqua (Airolo, Suiza), 305 km.

Y por fin llegó EL DÍA. ¿Y qué día es ese? Pues el día en el que un motero sube su primer puerto de los Alpes. No sé para los demás, pero para mí fue especial. Pero mejor vamos por partes…

Como iba a ser habitual durante todo el viaje, el buen tiempo nos acompañó desde primera hora. Cielo despejado y ambiente totalmente limpio que permitía que disfrutásemos del paisaje prácticamente hasta donde alcanzaba nuestra vista. La carretera recorría un valle que serpenteaba entre montañas de diferentes tamaños, y sólo subimos y bajamos ligeramente llegando a Saint-Germain-les-Bains, a pocos km. de Chamonix. Y ahí fue cuando apareció, majestuoso, el Mont Blanc. Nevado en pleno agosto, con su característica punta blanca, alzándose frente a nosotros como un gigante. Creo que aquí es donde empezamos realmente a ser conscientes de lo que significaban “los Alpes”. La carretera seguía por la parte inferior del valle, bordeando el centro urbano de Chamonix, pero todas las laderas estaban repletas de remontes, telesillas y telecabinas, dejando ver que la estampa que nosotros estábamos viendo era muy diferente a la que tiene que haber en invierno. Y eso que pese a ser verano el monte mantiene varios glaciares perfectamente visibles.

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Tras parar varias veces para observar el espectáculo seguimos y poco a poco la carretera empezó a subir, a hacerse más estrecha y más retorcida. Y casi sin darnos cuenta entramos en Suiza, coronando el primer gran “Col” del viaje. El Col de La Forclaz (1.527 m.). Poca cosa, pero como he comentado antes fue el primer puerto de Alpes que subí, y… eso se te queda grabado. Bueno, eso y la hostia que nos dieron en la cafetería que hay en la cima por dos cafés con leche. Uno de los cafés que más agusto me he tomado en mi vida, eso sí, pero a precio de oro.

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Tras bajar de La Forclaz por una entretenida carretera con curvas más cerradas que las de la subida se llega a Martigny, donde empieza un amplio y largo valle que llega hasta Brig-Glis. De punta a punta del valle habrá unos 80 km. de largas rectas que atraviesan localidades con bastante industria y campos y campos de frutas a ambos lados, así como muchos viñedos. Paisaje bastante aburrido en general.

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A partir de Brig la carretera vuelve a estrecharse y hacerse más divertida, y el paisaje cambia. Empiezan a aparecer los típicos pueblos alpinos suizos, mucho más atractivos que los industriales del valle, y la carretera nos iba acercando poco a poco a una interesante zona. A partir de aquí se pueden elegir múltiples caminos dado que depende la carretera que se elija se tiene acceso a importantes puertos de montaña. Nufenen, Grimsel, Furka…

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Nuestra ruta iba camino del Nufenenpass (2.478 m.), o como se conoce en italiano: “Passo della Novena”, dado que en esta parte de Suiza se habla ese idioma. La subida al Nufenen siguiendo este sentido es brutal. Se empieza con curvas más bien abiertas, perfectamente enlazadas unas con otras, pero según se va subiendo aparecen curvas y más curvas de 180º. Una auténtica gozada para la moto, que se siente en su terreno. Dentro del casco nosotros sonreíamos, casi sin hablar, simplemente observando lo que aparecía frente a nosotros.

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Así como La Forclaz fue nuestro primer puerto alpino, el Nufenen fue nuestro primer GRAN puerto. Curva tras curva se llega nada más y nada menos que a los 2.478 m. de altitud. Una auténtica barbaridad teniendo en cuenta que habíamos partido de un valle que se encuentra sólo a unos 500 m. de altitud. Nos impresionó tanto que compramos una pegatina del puerto. Lo que no sabíamos aún es que íbamos a acabar el viaje con una buena colección de ellas…

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Tras observar un rato el paisaje y el lago que hay en la misma cima, bajamos hasta nuestro destino, un hotel-restaurante en medio de la nada a unos 4 o 5 km. (Ristorante All’Acqua, 110€/noche). Viendo el precio que pagamos por una noche en un hotel más bien normalito (limpio, eso sí, pero muy muy sencillo), ya se notaba que estábamos en Suiza. El propio hotel tiene restaurante, pero como estaba repleto de soldados (unos chavalillos probablemente haciendo la mili suiza, que allí sigue existiendo y es obligatorio para todo joven a partir de los 19 años) nos acercamos al pueblo de al lado, donde tampoco había mucha cosa. Cenamos en el único restaurante que encontramos, y vuelta al hotel a descansar. Aunque para estas alturas el cansancio había desaparecido por completo.

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Dos notas:

Si alguien hace una ruta similar, le recomiendo que busque hotel en Airolo. Está a unos 5-6 km. por delante y es un pueblo con más alojamientos y restaurantes (aunque cuando yo busqué hotel lo más barato andaba por los 160€/noche, por eso fuimos al otro).

El otro detalle es referente a la moto: esa tarde, al ir a cenar y también a la vuelta, noté que la moto “no tiraba” en marchas altas. En 5ª y 6ª yo aceleraba y a partir de cierto punto la moto parecía que se ahogaba. En el hotel busqué algo de info por internet sobre el tema (estaba acojonado), y descubrí que al ser mi moto de carburación y estar a tanta altitud, la presión del aire es muy diferente y la moto no carbura bien. Como de motores no tengo ni idea fue mi primera noticia, y creo que es algo a tener en cuenta para evitar asustarnos. De hecho a lo largo del viaje lo noté un par de veces más, aunque no supuso ningún problema. En las motos de inyección se evita ese problema al estar controlada la entrada de aire electrónicamente.

Día 5: All’Acqua – Chur (Suiza), 248 km.

Después del subidón del día anterior por nuestra primera toma de contacto con puertos alpinos, la cosa no iba a menos, ya que llegaba uno de los días fuertes del viaje. La ruta empezaba haciendo una especie de 9 para pasar por varios puertos, todos por encima de los 2.000 m. de altitud.

El primer destino del día era el mítico San Gottardo (2.114 m.). Se empieza a subir desde Airolo, donde hay unos nudos de carreteras bastante curiosos y que pueden volver loco a cualquiera si no lleva GPS. Ojo con esta subida, porque el puerto se puede coronar por dos carreteras, la nueva y la vieja. La nueva es menos revirada y tiene varios túneles que atraviesan parte del monte. La que a mí me interesaba (y seguramente interesará a cualquiera que vaya en moto) era la carretera vieja. Simplemente espectacular, repleta de curvas de 180º, con unos desniveles importantes, y cuyo firme es de adoquín en la mayor parte de la subida. Es una subida para disfrutarla a ritmo tranquilo, aguantando el traqueteo curva tras curva. Los adoquines patinaban lo suyo bajo el sol, así que no me quiero ni imaginar cómo tiene que ser con lluvia. Además los únicos quitamiedos que hay son una especie de mojones de piedra en los bordes, por lo que subir es todo una experiencia…

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La manía esa de poner pegatinas en los carteles del paso hace que en algunos casi ni se vea lo que pone, aunque tiene su gracia ponerte a buscar y encontrar algunas muy curiosas. Por cierto, que el quiosco con recuerdos que hay en la cima, junto al lago, lo llevaba un argentino la mar de majo que nos comentó que los días anteriores había hecho tan mal tiempo que no se veía más allá de 200 metros por culpa de la niebla y lo mucho que llovía. Tuvimos suerte.

Tras el San Gottardo y todavía con el cosquilleo de los adoquines en el cuerpo, seguimos ruta hacia el siguiente: el Sustenpass (2.262 m.). Una subida con curvas (como todas), pero éstas en general más abiertas y amplias, con algunas zonas cubiertas por una especie de túneles que están abiertos por un lado y por donde se suele ver caer agua. De hecho creo que su función es evitar que ésta caiga sobre la carretera. Sólo llegando casi arriba nos encontramos con unas curvas más cerradas, de las de 180º, y tras atravesar un túnel llegamos al paso, en el cual hay un amplio aparcamiento por lo general lleno de motos y justo enfrente un hotel-restaurante (Susntenpass Hospiz) que tiene una terraza ideal para parar a tomar algo y dejar de paso que te atraquen un poco (aunque merezca la pena, dicho sea de paso). Dos cafés y un par de pasteles a precio de lingote de oro. Estáis avisados.

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La bajada del Sustenpass es de las más entretenidas que recuerdo. Varios túneles atravesando la roca unos detrás de otros, curvas amplias, curvas cerradas, y todo recorriendo una ladera con unas vistas preciosas del valle que hay debajo y las montañas que se elevan justo enfrente en las que todavía se podían ver lenguas de nieve por bastantes sitios.

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Después de unos cuantos kilómetros de bajada y de recorrer otros tantos por la parte inferior del valle (que hasta los agradecí por poder descansar un poco brazos) llegamos al pueblo desde el cual empezaba la siguiente subida: Innertkirchen. En éste pueblo hay que buscar el desvío hacia el próximo paso, el Grimselpass (2.165 m.).

En la subida al Grimsel también nos encontramos con bastantes túneles de esos abiertos por un lado y por muchos de los cuales caía agua de forma más que importante. Impresionaba la imagen, porque en momentos daba la impresión de estar pasando por la parte de atrás de una cascada. Además en la subida uno también se encuentra con varios lagos artificiales con sus respectivas presas, todos elllos creados para generar electricidad mediante centrales hidroeléctricas. Lo que no sé es la razón por la que estos lagos tenían el agua de color blanco verdoso, aunque apostaría algo a que la piedra que forma el fondo de los lagos tiene la culpa.

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En la cima del Grimsel paramos a comer unos sandwiches que llevábamos, disfrutando de las brutales vistas que hay a ambos lados del paso, los lagos (blancos por un lado, y de agua cristalina por otro), e incluso un refugio de marmotas. Por cierto, un detalle que me llamó mucho la atención durante todo el viaje: el aparcamiento estaba repleto de motos, y casi todo el mundo dejaba los cascos apoyados encima o sobre el retrovisor, las chupas en el asiento, las bolsas sobredepósito puestas… una auténtica gozada poder hacer eso sin tener que llevarte absolutamente todo por miedo a que te roben. Cosas de los “países civilizados” de Europa, entre los que sin duda NO nos encontramos.

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Justo antes de empezar la bajada del Grimsel nos paramos en una curva porque lo que se veía delante nuestro era impresionante: enfrente, inmediatamente después de bajar, empieza la subida al siguiente paso, el Furkapass (2.436 m.) y como están  uno enfrente del otro se puede observar toda la carretera, tanto la que baja de uno como la que sube al otro. El sueño de cualquier motero que disfrute con las curvas, sin duda. Por cierto, que en esta zona es el único sitio de todos los Alpes donde sentí que los “R” andaban demasiado sobrados. Por lo general casi todos los moteros llevaban un ritmo normal y respetaban bastante la señalización, pero aquí, entre la bajada de uno y la subida del otro, algunos iban como locos. Por suerte la carretera era más bien ancha y con ir bien arrimados a nuestra derecha podíamos ir a nuestro ritmo.

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Al loro con esta foto, que es de la subida del Furka: ¿que no hay ladera para colocar la carretera? PUES NOS LA INVENTAMOS. Acojonantes las obras de ingeniería que hay por allí.

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Otra más del detalle de las curvas “aéreas”, ésta ya subiendo el propio puerto.

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Antes de coronar el Furka merece la pena pararse y volver la vista atrás para repetir la misma panorámica del valle, pero justo desde el otro lado.

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Tras bajar por la parte este del Furka, mucho más tranquila, con pocas curvas y un paisaje menos escarpado, aparecimos en un pequeño valle en el que nos encontramos con un par de pueblos por los que ya habíamos pasado antes, Hospental y Andermatt. De esta manera cerrábamos el círculo que habíamos empezado por la mañana para poder pasar por todos estos impresionantes puertos.

El destino final del día era Chur, pero aún faltaba un puerto más, el Oberalppass (2.046 m.). No sé si es que tenía menos kilómetros que los anteriores o que después del día que llevábamos ya me había acostumbrado a las curvas, pero se me hizo hasta corto. Casi sin darnos cuenta estábamos arriba, donde nos encontramos un enorme lago y… un faro. Sí, un faro que debe ser una réplica de algún famoso faro holandés, y que debe funcionar y todo. Lo que no sé muy bien es para qué se utilizará, porque barcos por allí… más bien pocos.

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La bajada la hicimos con un grupo de unas 10-15 motos, y ya estábamos empezando a acostumbrarnos a sentirnos como en casa. Por cierto, aunque no se aprecie muy bien, el de la moto de delante llevaba una cresta roja en el casco. Como se suele decir… “hay gente pa tó”.

Una vez descendido el Oberalp nos quedaban unos 80 km. por un bonito valle. Amplio, salpicado de típicos pueblos suizos y con un río paralelo a la carretera que nos acompañó prácticamente hasta Chur. Una vez allí descargamos la moto, la guardamos en el hotel (Ibis Chur, 180€ dos noches) y tras cambiarnos fuimos a cenar al McDonalds que estaba en el propio edificio del hotel. Y cuando digo en el mismo edificio, quiero decir exactamente en el mismo. Hasta compartían cartel.

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Esa noche cenamos tranquilos y nos fuimos a dormir, que los puertacos del día nos habían dejado echos polvo. Aunque eso sí, con una sonrisa que no nos cabía en el casco.

Y de Chur ya hablaré en el siguiente post, que éste está quedando bastante largo.

Segunda parte del viaje, AQUÍ

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Acerca de Iker

Diseñador 3D, profesor de 3DS Max y fotógrafo esporádico. Loco por cualquier cosa con botones o que se apellide digital, y cómo no... también por el mundo de las dos ruedas. Ah, y baskonista!

Publicado el 12 mayo, 2013 en Fotografía, Motos, Rutas, Viajes y etiquetado en , , , . Guarda el enlace permanente. 8 comentarios.

  1. Buena entrada. Estaré atento a toda la ruta para planear la nuestra a Alpes 2012

  2. Una pasada Iker ,ya estoy esperando…..

  3. pues si, a ver si publicas la segunda que necesitamos ideas para la ruta por los alpes “2012” jejeje

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