Archivos Mensuales: junio 2013

VIAJE A ALPES – Parte III

Tercera y última parte del viaje a Alpes. El que no haya leído las anteriores, aquí tenéis la primera parte, y la segunda. 

Día 10: Verbania – Sarre (Italia), 278 km.

Tras el descanso en Verbania, volvíamos a coger la moto. El viaje ya había empezado a tomar poco a poco dirección hacia casa, y sólo quedaban dos días de Alpes, así que había que aprovecharlos todo lo posible. 

La ruta del día empezaba dejando atrás el Lago Maggiore a través de un pequeño valle que nos llevaba poco a poco hacia el Simplon-Pass (2.005 m.). Me resulta complicado no repetirme, pero el paisaje seguía siendo impresionante. Cada curva escondía detrás un valle diferente, otra ladera, otro monte más alto que el anterior, un desfiladero… los Alpes no dejaban de sorprendernos.

A excepción de un par de curvas o tres más cerradas, la subida al Simplon era ágil, de curvas largas y abiertas y agradable para la moto. En todo el viaje me sorprendió bastante no encontrar mucho loco de las dos ruedas (sólo recuerdo algunos por el Furkapass), pero el Simplon sin duda sería buen sitio para ellos.

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Unidos a un grupo bastante numeroso de motos (a la par que hetereogéneo porque había de todo) llegamos arriba bastante rápido. Cuando te acostumbras a subir desniveles de hasta 2000 m. a lo largo de muchos kilómetros, todos los puertos se te empiezan a hacer cortos, siempre quieres más.

En la cima paramos lo justo para pillar la pegatina, sacar un par de fotos y poco más. Como curiosidad, comentar que este paso está abierto todo el año (cosa que no ocurre con la mayoría, que en época fría tienen que cerrar por nieve y hielo), y el paso data aproximadamente del año 1.800 y fue ordenado abrir por Napoleón para poder pasar por él su artillería. Por cierto, nada más empezar a bajar, a la izquierda según nuestro orden de marcha, hay una estatua de unos ocho metros de alto de un águila bastante curiosa.

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Como he comentado al principio el viaje ya estaba volviendo, y tras bajar el Simplon tocaba volver a recorrer una zona conocida pero en dirección contraria, el valle que une Brig con Martigny. Al igual que la primera vez que lo pasamos se nos hizo largo y aburrido ya que atraviesa varias poblaciones, hay mucho tráfico pesado y lento, y encima volvía a hacer un calor agobiante. Carreteras rectas, pabellones, fábricas, frutales y viñedos.

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En Martigny, ya finalizando el valle, paramos a comer. El pueblo en sí no tenía ningún interés, pero los Crêpes que comimos hicieron que mereciese la pena parar. Martigny es Suiza, pero se encuentra a escasos kilómetros tanto de Francia como de Italia, y su idioma principal es el Francés mezclado con italiano. Vamos, que tienen una mezcla bastante extraña.

Tras comer, y prácticamente nada más salir del valle la carretera empezó a subir siguiendo las instrucciones que le había metido al GPS. Ojo aquí que si nos dejamos guiar por él nos llevará por una carretera principal, mucho menos entretenida que la que yo elegí. Era una carretera estrecha, prácticamente sin tráfico, que no llevaba a ningún puerto en sí pero que tenía unos desniveles sorprendentes y que llegaba hasta un bonito pueblo (Champex-Lac) a orillas de un lago.

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Allí me convencí de que tirarte varios días “perdiéndote” por cualquier carretera de la zona sin un destino fijo tiene que ser impresionante. Vayas por donde vayas aparecen pequeñas joyas escondidas.

Tras bajar algo nos encontramos de nuevo en la carretera principal que comentaba antes y que es la que lleva a otro gran puerto alpino, el Col du Grand Saint-Bernard (2.473 m.). Otro de esos puertos que se queda en la mente. La subida no es nada larga (unos 10 km.) y aunque al principio engaña y parece suave, al final tiene varias curvas más cerradas.

Este paso tiene un par de curiosidades: por un lado, en época de los romanos ya había calzada por allí y en el alto había un templo dedicado a Júpiter que daba nombre al paso de montaña, denominado “Puerto del Monte Júpiter”. Mucho después, sobre el año 1.000, un tal San Bernardo de Menthon hizo construir una especie de convento-hospital que ofrecía ayuda a los viajeros que pasaban por la zona. Con el tiempo los monjes adoptaron como compañía unos perros que les servían de ayuda cuando tenían que ir a rescatar a algún viajero atrapado en la nieve, y a partir de ahí surgió una raza de la que imagino que no hará falta decir el nombre. De hecho arriba, junto al edificio que hace las veces de tienda de recuerdos y cafetería, hay un refugio con varios San Bernardos que sacan por allí a pasear de vez en cuando, con su barrilete debajo del cuello y todo.

Por cierto, la cafetería tiene una terraza al aire libre con grandes vistas al lago que hay debajo.

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Tras tomar algo en la terraza, dar una vuelta por la tienda, ver los enormes perros y demás, volvimos a la moto y tiramos para abajo. Y qué bajada! De los mejores asfaltos que encontramos por allí (y eso que en general y pese a lo que tienen que sufrir esas carreteras en invierno están muy bien), con amplias curvas, varias herraduras de radio generoso, rectas con largas galerías… vamos, otra gozada de carretera. Creo que lo mejor es poner varias fotos que hablan por sí solas. En especial la última panorámica:

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Y así, disfrutando de la carretera, fuimos poco a poco bajando hasta el valle de Aosta, donde terminaba la etapa del día. En realidad teníamos el bed and breakfast fuera del pueblo, a un par de km, en Sarre (EuroskiBB, 70€/noche con generoso desayuno), y pese a tener la dirección exacta, el GPS no era capaz de llevarnos por un entramado de callejuelas estrechas e inclinadas en las que no había un orden lógico. De hecho tuve hasta un susto cuando me fui a bajar de la moto para buscar el sitio andando y por la pendiente casi me voy al suelo. Pero al final lo encontramos, dejamos todo, nos pegamos una duchita, y nos acercamos a Aosta a dar una vuelta y cenar.

Aosta no tenía mucho de especial: es un sitio bastante turístico pero tranquilo, con una zona antigua peatonal bastante chula. Lo que más me gustó es que sus calles tenían vida, había gente, pero a la vez se respiraba tranquilidad. Dimos una vuelta por su parte antigua, buscamos una terraza donde cenar, y terminamos el día con las curvas del San Bernardo aún en mente.

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Día 11: Sarre – Guillestre (Francia), 300 km.

Recuerdo no haberme levantado con mucho ánimo pese a lo bien que habíamos dormido en una habitación desde la que sólo se oían pajarillos fuera cantando. Y es que ese día nos despedíamos de la zona de Alpes. Quedaban varios días hasta llegar a casa, pero los montacos se iban a terminar ya. Menos mal que la ruta del día iba a sorprendernos bastante…

Salimos de Sarre siguiendo un valle y, cambiando ligeramente la ruta después de echar un vistazo la noche anterior al mapa, tomamos un desvío en Morgex que nos iba a hacer atravesar un pequeño monte y salir directos a La Thuile donde volvíamos a la ruta original. El desvío resultó ser una gran sorpresa porque no era ningún gran puerto, ni tan conocido como otros, pero me gustó más que muchos puertos de más de 2.000 m. que habíamos subido días anteriores. Era una carretera de montaña, cerrada la mayor parte del tiempo entre árboles, estrecha y sin tráfico. Pasaba por un pueblillo llamado Arpy y coronaba en la Colle de San Carlo (1.950 m.). Serían 6 o 7 km. entre subida y bajada, completamente llenos de curvas, y muy divertidos, con un entorno precioso.

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A partir de La Thuile, un pintoresco pueblo lleno de jardineras inundadas de flores, empezaba la subida del primer objetivo importante del día. Tras haber coronado en días anteriores el San Bernardino y el Gran San Bernardo, tocaba el turno al Passo del Piccolo San Bernardo o Col Du Petit Saint Bernard (2.200 m.) que por cierto marca la frontera entre Italia y Francia. La subida tenía un poco de todo, desde curvas abiertas a las ya habituales herraduras, y recorría unas amplias y suaves laderas subiendo poco a poco hasta la cima (La Thuile está a 1.500 m. de altitud, así que el desnivel no era tan acusado como en otros). De hecho imagino que en invierno estas laderas se usarán como pistas de esquí, porque al coronar el paso vimos que incluso había varios edificios de los que salían cables de telesillas hacia puntos aún más elevados.

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La bajada del Piccolo empieza suave pero al final nos encontramos con unas cuantas curvas de 180º enlazadas unas con otras. Para no perder la costumbre.

La carretera va siguiendo entonces el curso de un pequeño valle, a veces abierta, otras veces entre árboles, y a veces entre galerías, pasando por algún lago como el Lac du Chevril, hasta llegar a Val dIsère. Este pequeño pueblo de unos 1.500 habitantes es una importante y famosa estación de esquí, aparte de haber sido escenario de varios campeonatos del mundo de esquí alpino y varias pruebas de las olimpiadas de invierno de Albertville’92.

Según termina el pueblo empieza la subida al puerto de montaña con más altitud de toda Europa, el Col de L’Iseran (2.770 m.). Casi ná. Además la subida no es muy larga (unos 10-12 km.) así que tiene una buena pendiente, que además impresiona porque es una carretera bastante estrecha, sin quitamiedos ni siquiera rayas pintadas, y en todo momento vas viendo como Val d’Isère se queda cada vez más abajo. Lo curioso es que desde el pueblo hasta la cima suben varios telesillas que pasan por encima de la carretera. Subir ahí en invierno tiene que impresionar bastante…

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En la cima se notaba incluso bajón de temperatura. Y la nieve de los picos de alrededor ayudaba a aumentar la sensación de frío. Paramos a sacar unas fotos y a por la correspondiente pegatina del puerto, y aquí además cayó un pequeño mojón de carretera de recuerdo. No todos los días se pasa por el puerto de montaña más alto de Europa!

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La bajada era igual de impresionante, pese a lo mal que estaba la carretera. Algunas motos, varios superhéroes en bici, cascadas por aquí y por allá, parapentes sobrevolando la carretera…

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Camino del valle al que bajaba la ruta pasamos otro pequeño alto habitual del Tour de Francia, el Col de la Madeleine (1.746 m.). No era ningún gran paso, ni había nada especial en la cima, así que seguimos hasta llegar al valle, donde paramos a tomar algo en Les Champs y casi la liamos porque un cajero automático se tragó nuestra visa. Nos costó lo nuestro conseguir que la que estaba dentro del banco nos abriese (no quería porque ya estaba cerrado) y hacer entender que queríamos (¡necesitábamos!) nuestra tarjeta. Media hora nos costó que la antipática francesa nos la consiguiese sacar.

La carretera recorría el valle siguiendo (para variar) el curso de un río hasta cruzarlo haciendo un giro hacia la izquierda y empezar la entretenida subida hacia el siguiente puerto del día, el Col du Télégraphe (1.566 m.). Una carretera estrecha y sin líneas, pero llena de enrevesadas curvas de todo tipo y casi siempre entre árboles y con mojones cada kilómetro donde ponía lo que faltaba para llegar arriba, la altitud de cada punto y la pendiente.

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En el alto aprovechamos para comer unos sandwiches y una ensalada que llevábamos encima, y seguimos ruta. La bajada era mucho más suave, con pocas curvas y las que había eran bastante abiertas, y poco a poco fuimos bajando hacia el valle de Valloire, desde el cual se observaban (qué raro) unas espectaculares vistas.

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Y de nuevo y casi sin darnos cuenta, estábamos subiendo otra vez, en este caso hacia otro gran paso de montaña, el Col du Galibier (2.645 m.). Un puerto bastante conocido también gracias al Tour y que en moto tampoco defrauda. La pega que le pondría es que lo recuerdo corto, pero con buen firme y entretenido, y con unas vistas impresionantes (no sé cuántas veces he repetido ya lo mismo, pero es que en Alpes todo impresiona). Bastante ciclista subiendo, y un detalle a tener en cuenta: ojo a las curvas, porque en el interior de una vi un fotógrafo, al cual instintivamente me dio por saludar… y resulta que al llegar arriba tienen una furgoneta con una dirección web donde puedes entrar, ver tu foto, y comprarla si quieres. No recuerdo bien cuánto me costó la foto, pero cuando la vi esa noche en el hotel, tuve que comprarla sí o sí.

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En el Col no hay nada más que un pequeño aparcamiento abarrotado, aunque para una moto siempre hay sitio, así que nos paramos y estuvimos un rato largo disfrutando de las vistas, que merecían la pena. Y encima coincidimos con unos paisanos que iban en bicicleta. Unos valientes.

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Tras un buen rato sentados mirando al infinito y sonriendo como idiotas, tiramos para abajo. Como arriba no había ninguna tienda donde comprar la clásica pegatina del puerto, paramos en una que hay junto al túnel que atraviesa este alto de lado a lado, y enfilamos directos hacia el próximo destino, cada vez con más tristeza, porque sabíamos que sólo quedaba un gran puerto y después… se terminaban los Alpes para nosotros. Ese paso que faltaba era el Col D’Izoard (2.360 m.). Menos mal que por lo menos nuestra despedida de Alpes fue de esa manera, porque tanto la carretera que va del Galibier al Izoard como la subida de éste no defraudan. El valle que une ambas cumbres y que pasa por Briançon es amplio y con buena carretera y tanto la subida al Izoard como su bajada nos permitieron disfrutar con creces de las últimas curvas importantes.

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Y así, saboreando las últimas curvas de los Alpes llegamos al destino final del día, Guillestre. Buscamos el hotel, que nos resultó complicado de encontrar dado que ni el GPS encontraba la dirección y es que se encuentra justo a las afueras del pueblo (aunque a 10 minutos andando del centro) y escondido detrás de una cuesta. El hotel (LeChateau Guillestre, Bed&Breakfast, 60€ con desayuno) era una antigua casona muy bien adaptada y con una casera muy simpática. Dejamos todo en el hotel y nos acercamos al centro del pueblo a dar una vuelta y cenar. Guillestre es un pequeño pueblo, sin mucho interés más allá de su privilegiado entorno, y con un ambiente curioso dado que se encuentra en Francia pero a escasos kilómetros de Italia y se notan influencias de ambos países. Celebraban alguna fiesta local, así que cenamos unas pizzas frente a una verbena difícil de definir (entre cutre y peculiar), y volvimos al hotel a descansar e ir asimilando que al día siguiente ya no iba a haber grandes puertos de montaña en la ruta.

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Día 12: Guillestre – Béziers (Francia), 415 km.

Terminados los Alpes empezaba ya el viaje de vuelta a casa, aunque aún quedaban un par de paradas por el camino. El día ya no deparaba grandes puertos de montaña, sino aburridas autovías y autopistas.

Me encanta la moto, pero reconozco que las carreteras rectas de varios carriles me aburren, y mucho. Así que como salimos pronto del hotel y no teníamos prisa por llegar al destino, decidimos cambiar la ruta planificada abandonando parte de autovía para ir por zonas más entretenidas. De hecho gracias al TomTom Rider (que tiene una opción para buscar carreteras con curvas) atravesamos varios pequeños puertos que aunque no tenían nada que ver con los de los días anteriores, hacían la ruta mucho más amena.

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Cerca de Avignon paramos a comer en un restaurante-grill sólo por el hecho de que anunciaban tener aire acondicionado dentro. El sur de Francia en agosto es agobiante: siempre que he pasado por allí hace un calor exagerado, pegajoso y sofocante, y ese día era un buen ejemplo. Al salir de comer no se podía ni tocar el depósito de la moto, y el asiento calentaba el culo hasta hacernos pensar que íbamos sentados sobre una plancha. Se nota que me “encanta” el calor, ¿verdad?.

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Pasado Avignon cogimos autopista, y en poco más de hora y media llegábamos al destino del día, Béziers, donde íbamos a estar un par de días.

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Y como en todo viaje tiene que ocurrir algo, aquí tuvimos una pequeña sorpresa con el hotel. Yo había reservado en el Etap Béziers Centre Palais Congrès (85€ dos noches). Llegamos, dejamos la moto en la puerta, y descargamos todo. El problema vino cuando el recepcionista no era capaz de encontrar nuestra reserva… hasta que descubrió que yo había hecho la reserva para esos dos días… pero del año siguiente!! Se conoce que Booking.com me pasó una mala jugada al elegir fecha, yo no me di cuenta del año que me ponía, y reservé tan tranquilo.

La mala suerte hizo que no hubiese ninguna habitación libre para esa noche en el hotel… pero la buena hizo que el hotel estuviese pegado pared con pared a otro, un Mercure que es de la misma cadena y que tenían las recepciones unidas, y en éste sí que había, aunque justo para esa noche, no para la siguiente. Era bastante más caro, pero el recepcionista nos hizo descuento (muy amablemente y porque quiso, ya que el problema era mío por no haber reservado bien) así que al final pasamos una noche en el Mercure, y la siguiente en el Etap. Un 10 para el recepcionista que encima nos regaló el parking de los dos días.

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Solucionado el tema, dimos una vuelta por la zona del hotel, cenamos en un japonés que había al lado, y a descansar.

Día 13: Béziers (descanso).

Tocaba día sin ruta para conocer un poco Béziers, pequeña ciudad (72.000 habitantes) que varias personas me habían recomendado. El día anterior no habíamos visto prácticamente nada dado que sólo habíamos dado una vuelta por las manzanas cercanas al hotel, y tampoco nos había dado muy buena impresión. Muchas teterías, locutorios, tiendas de chinos, gente con pinta sospechosa… (de hecho metimos la moto en el garaje del hotel, cosa que no habíamos hecho en todo el viaje) y no es que fuese mala zona, que era zona comercial con varios centros comerciales, un palacio de congresos… pero no daba confianza.

El caso es que la parte histórica era otra cosa. Bastante antigua (según la wikipedia Béziers tiene unos 2.700 años de historia) y con un ambiente bastante tranquilo. Había turistas pero también mucha gente local, y se notaba bastante vidilla, pero sin llegar a agobiar. Dedicamos el día a pasear por sus calles, tomar algo en las terrazas, entrar en tiendas curiosas (hay bastantes tiendas de arte y antigüedades que sólo por verlas merece la pena entrar), ver su catedral (que es bastante recomendable, sobre todo subir arriba del todo para observar unas interesantes vistas) y en definitiva vaguear.

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Por cierto, que comimos en un restaurante que hay justo debajo de la catedral, en la plaza trasera, llamado “La Brasserie du Palais”. Muy muy recomendable, sobre todo sus Moules-frites (vamos, mejillones con salsa a elegir y patatas fritas, plato típico de ciertas zonas de Francia).

Durante la tarde-noche, comentando entre nosotros el destino del día siguiente (que originalmente era Lleida) no sé cómo sucedió pero acabamos cancelando la reserva del hotel y cambiándola por Andorra. No habíamos estado ninguno, y ya que nos pillaba “cerca”, decidimos hacer parada allí.

Día 14: Béziers – Andorra la Vieja (Andorra), 258 km.

De la ruta entre Béziers y Andorra no hay mucho que comentar. Calor y más calor, carreteras aburridas hasta poco antes de llegar a Andorra gracias a los Pirineos, y poco más.

Y sobre Andorra… pues bueno, el pequeño país del consumismo. Nunca había estado y flipé con la cantidad de tiendas por metro cuadrado que hay allí. Evidentemente, alguna cosilla ya cayó, aunque por suerte o por desgracia no entramos en ninguna tienda de ropa de moto, porque entonces igual volvemos arruinados.

El hotel (Sàlvia D’Or, 60€ noche) nos asignó una habitación en el último piso, abuhardillada, muy cuca, pero sin aire acondicionado, y eso era la muerte. Por suerte también tenía una terraza bien grande en el tejado, y pudimos aprovechar cuando bajó el sol para tomar un buen kalimotxo preparado por nosotros mismos, que hacía días que no probaba uno y había antojo :-P

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Día 15: Andorra – Vitoria-Gasteiz, 543 km.

Y aquí terminaba ya de verdad el viaje. Con una etapa más larga de lo normal, por aburridas autopistas y autovías, y con la cosa esa que llevas en el cuerpo cuando ves que las vacaciones terminan. Es cierto que todavía duraban en la retina las grandes cumbres alpinas y eso hacía seguir sonriendo, pero cada vez estábamos más cerca de casa y… eso ya no hacía tanta gracia. Sé que hay gente que tras unos días de vacaciones dice que echa de menos su casa, que llega y es feliz volviendo a dormir en su cama. Yo no. Yo nunca quiero volver. Y en el fondo eso es bueno, porque significa que las vacaciones han sido buenas.

La última foto del viaje, la del último paso de montaña que atravesamos, ya entrando “en casa”: Herrera, 1.100 m. Uno de los más altos que tenemos por aquí, con un par de curvas de 180º, pero después de lo que habíamos hecho días antes nos entró hasta la risa cuando pasamos por él…

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Como dije cuando empecé la crónica del viaje, espero que todo esto le pueda servir a algún motero para planificar sus vacaciones por Alpes. Si es así, me encantaría que me dejaseis algún comentario sobre vuestro viaje, qué tal ha ido, etc. Y aunque he llenado los post del viaje de imágenes, el que quiera ver más fotos de ese viaje (y de otros) que se pase por www.ikfoto.com que tiene fotos como para aburrirse.