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Viajes inesperados y sus sorpresas

Una vez terminadas las vacaciones quiero aprovechar el blog para contar cierta historia algo más personal que el típico post lleno de fotos. Porque me apetece y porque casi me siento obligado a hacerlo.

La historia empieza con el ritual anual de preparación al detalle de las vacaciones en moto, siempre con varios meses de antelación. Este año tocaba Toscana y Alpes, éxito asegurado.

Pero de repente y sin previo aviso, en pleno julio te pega una lumbalgia y te deja más doblado que una pajita de refresco.

Y entonces saltan todas las alarmas y empiezas a hacer todo lo que está en tu mano para intentar arreglarte cuanto antes (traumatólogo, fisio…) pero según va pasando la lumbalgia aparece la segunda parte, una “agradable” ciática que te deja casi peor y para la que tanto traumatólogo cómo fisio sólo te recomiendan una cosa: “paciencia”. Y yo paciencia tengo y mucha, pero de tiempo no andaba especialmente sobrado.

De eso que el plan de viaje empieza a tambalearse, empezamos a valorar la idea de hacerlo en coche en vez de en moto… y poco a poco empiezas a ver que lo correcto es anularlo todo: billetes de ferry Barcelona-Génova, reservas hasta en diez hoteles diferentes, rutas perfectamente calculadas y metidas en el GPS, todo tipo de anotaciones sobre lugares a visitar… nada, todo fuera.

Y tras la decepción hacía falta un plan B. Quedarse todo un mes encerrado en casa no parecía la mejor opción así que algo había que hacer, y ya que parecía estar mejorando y animado por el fisio que me decía que me vendría bien moverme, decidimos coger el coche y tirar para Galicia. No eran 2 ruedas, no eran los Alpes, pero… menos es nada. Además teníamos pendiente visitar la zona y encima el coche era nuevo, y oye, qué mejor forma de hacerle rodaje.

Y por fin llegas a Galicia, te empiezas a concienciar del cambio, empiezas realmente a disfrutar del plan B, y de repente… ZAS, vuelve la lumbalgia. Y a partir de ahí 5 días, CINCO, encerrado en la habitación de una casa rural. Bueno, a excepción de un viaje a las urgencias del pueblo de al lado que, como suele ser habitual en esto de las lumbalgias, no sirvió de nada. Mis únicos desplazamientos eran de la cama al baño y del baño a la cama. Y sufriendo. De hecho estoy convencido de que los de la casa pensaban que mi mujer me estaba descuartizando poco a poco porque sólo le veían entrar y salir a ella, y siempre con bolsas (la comida, la basura…).

Y casi sin darte cuenta, llega el momento en el que tienes que dejar ya el hotel porque se termina la reserva y tomar alguna decisión. Y el cuerpo decide por fin empezar a responder y dejar que me mueva. Muy doblado, pero me muevo. Aunque fuese poco, lo suficiente para permitirme bajar las escaleras de la casa y llegar a sentarme en el asiento del coche (benditos coches altos!!).

Y como el siguiente hotel estaba a 1 hora de coche y mi casa a 6 y media… pues decidimos ir al hotel, y que el destino decidiese por nosotros. Y entonces es cuando llegas a un sitio como Os Areeiros. Y de repente y sin darte cuenta, las vacaciones cambian de rumbo.

Los que me conocéis sabéis que soy una persona alegre, que siempre suelo ir con una sonrisa en la boca y pocas veces se me ve serio, pero estas vacaciones de mierda me estaban machacando bastante, sobre todo porque es la principal época del año donde realmente podemos disfrutar en pareja el uno del otro, y poco a poco se nos estaba yendo el tiempo disponible a la mierda. Y ahí es donde entra en escena no sólo la gran paciencia de Sallur (que se merece un monumento) sino también la simpatía, alegría y amabilidad de TODAS las personas de esa casa. Porque creo que gracias a ellos ese plan B que ya de por sí empezó torcido se ha convertido en unas grandes vacaciones. Y sin ir en moto!

Normalmente cuando uno se aloja en algún establecimiento, sea del tipo que sea (y os aseguro que me he alojado en muchos, muy variados y de lugares muy diferentes) te conviertes automáticamente en el cliente al que tener contento pero por la simple razón de que el cliente contento es el que menos molesta. Hay quien lo consigue de forma sencilla, y quien es incapaz de hacerlo ni siquiera esforzándose. No es que esto sea algo propio de los hoteles, pasa en cualquier negocio, pero en los hoteles a veces se acentúa esa sensación. Llegas hoy y te vas mañana o pasado, así que con que no des mucha guerra y te vayas contento vale. Y eso que nosotros somos muy de ir a Bed&Breakfast y similares donde el trato siempre suele ser más directo, pero incluso es esos casos te encuentras de todo.

Pero lo que han hecho Bea, María y Mercedes estos once días que hemos estado ocupando su casa (porque sí, no dejas de ser un cliente y pagas por ello, pero hay que tener en cuenta que este tipo de casas rurales son también su vivienda y tú estás ahí metido en plan huésped) ha ido mucho más allá del “aquí tienes un plano de la zona con los lugares importantes”, que suele ser lo más habitual.

Y no, ellas no se han dedicado a eso. Se han dedicado a pararse a charlar con nosotros y sonreirnos cada vez que nos cruzábamos por la casa. A preguntar cada mañana en el desayuno a ver qué tal el día anterior y a sentarse con nosotros y ayudarnos a hacer los planes más adecuados para un pobre cojo con la movilidad propia de un mejillón. A compartir mesa y contarnos historias de su casa, de su finca, de su viñedo, de su trabajo, de su vida, incluso sus secretillos… y todo con la mayor naturalidad del mundo y sin hacernos sentir incómodos en ningún momento.

Y eso es difícil porque yo, por decirlo de alguna manera… cuando voy de vacaciones con mi pareja me convierto en un ser asocial y voy a eso, a disfrutar con ella y no a hacer amigos, que ya tengo bastantes. De hecho incluso suelo considerarme bastante rancio en plan “no me aburras con tus cosas que yo estoy aquí a lo mío”. Y sin embargo ellas han conseguido no sólo el efecto contrario, sino además convertirse en amigas y hacernos formar por unos días casi parte de su familia.

Ojo que esto se dice fácil, pero tiene mucho mérito. Porque no estábamos 2 personas en la casa, que hay 10 habitaciones y casi todos los días estaban ocupadas. Y ellas perdían su preciado tiempo (que en una casa de este estilo siempre hay algo que hacer) en ayudarte, o simplemente escucharte. Preguntas a las que habrán respondido mil veces, historias que habrán contado otras tantas, y todavía lo siguen haciendo con una sonrisa.
Quizá no tengan un hotel de 5 estrellas. Quizá no tengan diferentes almohadas de diferente dureza para elegir, ni plasmas de 42″ en la habitación, ni los baños con el último modelo de jacuzzi. Pero tienen una casa con un encanto que supera todo eso, una casa con piedras con historia, con un humilde viñedo y con gente dentro que VIVE su trabajo. Y… ya que siempre estamos usando esto de internet para quejarnos de todo, creo que también hay que usarlo para contar estas cosas.

Y a qué viene todo esto? Pues a que muchas veces no nos damos cuenta de que nuestro trabajo, sea cual sea, puede dar muchísimo más de sí de lo que en principio parece si lo hacemos con entusiasmo y cariño. Dudo que ellas hayan sido especialmente psicólogas con nosotros. Dudo siquiera que tengan la idea de lo mucho que nos han ayudado. Habrán sido simplemente como lo son con todos. Pero a mí (bueno, a nosotros), que nos pillaron con el ánimo bastante hecho un asco, nos lo subieron y aparentemente “sin hacer nada especial”. Siendo ellas mismas. Y no me olvido de los dos Guillermos (padre e hijo), siempre atentos e igual de serviciales, pero al fin y al cabo ellas han sido las que nos han “cuidado” día a día.

Podría poner fotos de la casa, que tengo muchas porque es una maravilla. De hecho ya he puesto varias en los posts de estos días. Podría hablar del placer de tomarte una botella de su albariño al atardecer junto a la piscina. De su perra Maggie y sus dos cachorros de 20 días, de sus gatos (de una de ellas, Teresa, hasta me he conseguido hacer amigo, que ya venía cuando le llamaba). Hasta de sus gallinas que andaban siempre por ahí picoteando entre las viñas. Pero no. Pese a la belleza de la vivienda y del entorno hay negocios que son especiales por las personas que los llevan, y éste es uno de ellos.

Si en algún momento queréis perderos unos días por Galicia entre Vigo y Pontevedra no lo dudéis y elegirles a ellos. Estoy convencido de que no os arrepentiréis.

Ah, un detalle: inicialmente teníamos reservadas 5 noches. Pues acabamos estando 11. Y porque ya tocaba volver sí o sí, que si no a día de hoy allí seguíamos. Y sabemos que otra pareja de alemanes estaba igual, que no querían irse de allí por nada del mundo.

Pocas veces he repetido hotel en mis viajes, incluso volviendo al mismo destino. Pero sé que si algún día vuelvo por allí, en este caso lo haré. Además nos quedó pendiente una visita a la bodega, así que ya tenemos excusa.

Por lo menos todavía tenemos grabados en la mente esos atardeceres entre viñedos tomando unas copas de su vino. Bueno, eso y las dos cajas que nos trajimos para disfrutar en casa, jejeje…

En serio, familia, GRACIAS. Si algún día visitáis nuestra zona, aquí tenéis unos amigos dispuestos a ayudar en lo que sea.

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