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VIAJE A ALPES – Parte III

Tercera y última parte del viaje a Alpes. El que no haya leído las anteriores, aquí tenéis la primera parte, y la segunda. 

Día 10: Verbania – Sarre (Italia), 278 km.

Tras el descanso en Verbania, volvíamos a coger la moto. El viaje ya había empezado a tomar poco a poco dirección hacia casa, y sólo quedaban dos días de Alpes, así que había que aprovecharlos todo lo posible. 

La ruta del día empezaba dejando atrás el Lago Maggiore a través de un pequeño valle que nos llevaba poco a poco hacia el Simplon-Pass (2.005 m.). Me resulta complicado no repetirme, pero el paisaje seguía siendo impresionante. Cada curva escondía detrás un valle diferente, otra ladera, otro monte más alto que el anterior, un desfiladero… los Alpes no dejaban de sorprendernos.

A excepción de un par de curvas o tres más cerradas, la subida al Simplon era ágil, de curvas largas y abiertas y agradable para la moto. En todo el viaje me sorprendió bastante no encontrar mucho loco de las dos ruedas (sólo recuerdo algunos por el Furkapass), pero el Simplon sin duda sería buen sitio para ellos.

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Unidos a un grupo bastante numeroso de motos (a la par que hetereogéneo porque había de todo) llegamos arriba bastante rápido. Cuando te acostumbras a subir desniveles de hasta 2000 m. a lo largo de muchos kilómetros, todos los puertos se te empiezan a hacer cortos, siempre quieres más.

En la cima paramos lo justo para pillar la pegatina, sacar un par de fotos y poco más. Como curiosidad, comentar que este paso está abierto todo el año (cosa que no ocurre con la mayoría, que en época fría tienen que cerrar por nieve y hielo), y el paso data aproximadamente del año 1.800 y fue ordenado abrir por Napoleón para poder pasar por él su artillería. Por cierto, nada más empezar a bajar, a la izquierda según nuestro orden de marcha, hay una estatua de unos ocho metros de alto de un águila bastante curiosa.

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Como he comentado al principio el viaje ya estaba volviendo, y tras bajar el Simplon tocaba volver a recorrer una zona conocida pero en dirección contraria, el valle que une Brig con Martigny. Al igual que la primera vez que lo pasamos se nos hizo largo y aburrido ya que atraviesa varias poblaciones, hay mucho tráfico pesado y lento, y encima volvía a hacer un calor agobiante. Carreteras rectas, pabellones, fábricas, frutales y viñedos.

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En Martigny, ya finalizando el valle, paramos a comer. El pueblo en sí no tenía ningún interés, pero los Crêpes que comimos hicieron que mereciese la pena parar. Martigny es Suiza, pero se encuentra a escasos kilómetros tanto de Francia como de Italia, y su idioma principal es el Francés mezclado con italiano. Vamos, que tienen una mezcla bastante extraña.

Tras comer, y prácticamente nada más salir del valle la carretera empezó a subir siguiendo las instrucciones que le había metido al GPS. Ojo aquí que si nos dejamos guiar por él nos llevará por una carretera principal, mucho menos entretenida que la que yo elegí. Era una carretera estrecha, prácticamente sin tráfico, que no llevaba a ningún puerto en sí pero que tenía unos desniveles sorprendentes y que llegaba hasta un bonito pueblo (Champex-Lac) a orillas de un lago.

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Allí me convencí de que tirarte varios días “perdiéndote” por cualquier carretera de la zona sin un destino fijo tiene que ser impresionante. Vayas por donde vayas aparecen pequeñas joyas escondidas.

Tras bajar algo nos encontramos de nuevo en la carretera principal que comentaba antes y que es la que lleva a otro gran puerto alpino, el Col du Grand Saint-Bernard (2.473 m.). Otro de esos puertos que se queda en la mente. La subida no es nada larga (unos 10 km.) y aunque al principio engaña y parece suave, al final tiene varias curvas más cerradas.

Este paso tiene un par de curiosidades: por un lado, en época de los romanos ya había calzada por allí y en el alto había un templo dedicado a Júpiter que daba nombre al paso de montaña, denominado “Puerto del Monte Júpiter”. Mucho después, sobre el año 1.000, un tal San Bernardo de Menthon hizo construir una especie de convento-hospital que ofrecía ayuda a los viajeros que pasaban por la zona. Con el tiempo los monjes adoptaron como compañía unos perros que les servían de ayuda cuando tenían que ir a rescatar a algún viajero atrapado en la nieve, y a partir de ahí surgió una raza de la que imagino que no hará falta decir el nombre. De hecho arriba, junto al edificio que hace las veces de tienda de recuerdos y cafetería, hay un refugio con varios San Bernardos que sacan por allí a pasear de vez en cuando, con su barrilete debajo del cuello y todo.

Por cierto, la cafetería tiene una terraza al aire libre con grandes vistas al lago que hay debajo.

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Tras tomar algo en la terraza, dar una vuelta por la tienda, ver los enormes perros y demás, volvimos a la moto y tiramos para abajo. Y qué bajada! De los mejores asfaltos que encontramos por allí (y eso que en general y pese a lo que tienen que sufrir esas carreteras en invierno están muy bien), con amplias curvas, varias herraduras de radio generoso, rectas con largas galerías… vamos, otra gozada de carretera. Creo que lo mejor es poner varias fotos que hablan por sí solas. En especial la última panorámica:

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Y así, disfrutando de la carretera, fuimos poco a poco bajando hasta el valle de Aosta, donde terminaba la etapa del día. En realidad teníamos el bed and breakfast fuera del pueblo, a un par de km, en Sarre (EuroskiBB, 70€/noche con generoso desayuno), y pese a tener la dirección exacta, el GPS no era capaz de llevarnos por un entramado de callejuelas estrechas e inclinadas en las que no había un orden lógico. De hecho tuve hasta un susto cuando me fui a bajar de la moto para buscar el sitio andando y por la pendiente casi me voy al suelo. Pero al final lo encontramos, dejamos todo, nos pegamos una duchita, y nos acercamos a Aosta a dar una vuelta y cenar.

Aosta no tenía mucho de especial: es un sitio bastante turístico pero tranquilo, con una zona antigua peatonal bastante chula. Lo que más me gustó es que sus calles tenían vida, había gente, pero a la vez se respiraba tranquilidad. Dimos una vuelta por su parte antigua, buscamos una terraza donde cenar, y terminamos el día con las curvas del San Bernardo aún en mente.

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Día 11: Sarre – Guillestre (Francia), 300 km.

Recuerdo no haberme levantado con mucho ánimo pese a lo bien que habíamos dormido en una habitación desde la que sólo se oían pajarillos fuera cantando. Y es que ese día nos despedíamos de la zona de Alpes. Quedaban varios días hasta llegar a casa, pero los montacos se iban a terminar ya. Menos mal que la ruta del día iba a sorprendernos bastante…

Salimos de Sarre siguiendo un valle y, cambiando ligeramente la ruta después de echar un vistazo la noche anterior al mapa, tomamos un desvío en Morgex que nos iba a hacer atravesar un pequeño monte y salir directos a La Thuile donde volvíamos a la ruta original. El desvío resultó ser una gran sorpresa porque no era ningún gran puerto, ni tan conocido como otros, pero me gustó más que muchos puertos de más de 2.000 m. que habíamos subido días anteriores. Era una carretera de montaña, cerrada la mayor parte del tiempo entre árboles, estrecha y sin tráfico. Pasaba por un pueblillo llamado Arpy y coronaba en la Colle de San Carlo (1.950 m.). Serían 6 o 7 km. entre subida y bajada, completamente llenos de curvas, y muy divertidos, con un entorno precioso.

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A partir de La Thuile, un pintoresco pueblo lleno de jardineras inundadas de flores, empezaba la subida del primer objetivo importante del día. Tras haber coronado en días anteriores el San Bernardino y el Gran San Bernardo, tocaba el turno al Passo del Piccolo San Bernardo o Col Du Petit Saint Bernard (2.200 m.) que por cierto marca la frontera entre Italia y Francia. La subida tenía un poco de todo, desde curvas abiertas a las ya habituales herraduras, y recorría unas amplias y suaves laderas subiendo poco a poco hasta la cima (La Thuile está a 1.500 m. de altitud, así que el desnivel no era tan acusado como en otros). De hecho imagino que en invierno estas laderas se usarán como pistas de esquí, porque al coronar el paso vimos que incluso había varios edificios de los que salían cables de telesillas hacia puntos aún más elevados.

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La bajada del Piccolo empieza suave pero al final nos encontramos con unas cuantas curvas de 180º enlazadas unas con otras. Para no perder la costumbre.

La carretera va siguiendo entonces el curso de un pequeño valle, a veces abierta, otras veces entre árboles, y a veces entre galerías, pasando por algún lago como el Lac du Chevril, hasta llegar a Val dIsère. Este pequeño pueblo de unos 1.500 habitantes es una importante y famosa estación de esquí, aparte de haber sido escenario de varios campeonatos del mundo de esquí alpino y varias pruebas de las olimpiadas de invierno de Albertville’92.

Según termina el pueblo empieza la subida al puerto de montaña con más altitud de toda Europa, el Col de L’Iseran (2.770 m.). Casi ná. Además la subida no es muy larga (unos 10-12 km.) así que tiene una buena pendiente, que además impresiona porque es una carretera bastante estrecha, sin quitamiedos ni siquiera rayas pintadas, y en todo momento vas viendo como Val d’Isère se queda cada vez más abajo. Lo curioso es que desde el pueblo hasta la cima suben varios telesillas que pasan por encima de la carretera. Subir ahí en invierno tiene que impresionar bastante…

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En la cima se notaba incluso bajón de temperatura. Y la nieve de los picos de alrededor ayudaba a aumentar la sensación de frío. Paramos a sacar unas fotos y a por la correspondiente pegatina del puerto, y aquí además cayó un pequeño mojón de carretera de recuerdo. No todos los días se pasa por el puerto de montaña más alto de Europa!

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La bajada era igual de impresionante, pese a lo mal que estaba la carretera. Algunas motos, varios superhéroes en bici, cascadas por aquí y por allá, parapentes sobrevolando la carretera…

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Camino del valle al que bajaba la ruta pasamos otro pequeño alto habitual del Tour de Francia, el Col de la Madeleine (1.746 m.). No era ningún gran paso, ni había nada especial en la cima, así que seguimos hasta llegar al valle, donde paramos a tomar algo en Les Champs y casi la liamos porque un cajero automático se tragó nuestra visa. Nos costó lo nuestro conseguir que la que estaba dentro del banco nos abriese (no quería porque ya estaba cerrado) y hacer entender que queríamos (¡necesitábamos!) nuestra tarjeta. Media hora nos costó que la antipática francesa nos la consiguiese sacar.

La carretera recorría el valle siguiendo (para variar) el curso de un río hasta cruzarlo haciendo un giro hacia la izquierda y empezar la entretenida subida hacia el siguiente puerto del día, el Col du Télégraphe (1.566 m.). Una carretera estrecha y sin líneas, pero llena de enrevesadas curvas de todo tipo y casi siempre entre árboles y con mojones cada kilómetro donde ponía lo que faltaba para llegar arriba, la altitud de cada punto y la pendiente.

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En el alto aprovechamos para comer unos sandwiches y una ensalada que llevábamos encima, y seguimos ruta. La bajada era mucho más suave, con pocas curvas y las que había eran bastante abiertas, y poco a poco fuimos bajando hacia el valle de Valloire, desde el cual se observaban (qué raro) unas espectaculares vistas.

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Y de nuevo y casi sin darnos cuenta, estábamos subiendo otra vez, en este caso hacia otro gran paso de montaña, el Col du Galibier (2.645 m.). Un puerto bastante conocido también gracias al Tour y que en moto tampoco defrauda. La pega que le pondría es que lo recuerdo corto, pero con buen firme y entretenido, y con unas vistas impresionantes (no sé cuántas veces he repetido ya lo mismo, pero es que en Alpes todo impresiona). Bastante ciclista subiendo, y un detalle a tener en cuenta: ojo a las curvas, porque en el interior de una vi un fotógrafo, al cual instintivamente me dio por saludar… y resulta que al llegar arriba tienen una furgoneta con una dirección web donde puedes entrar, ver tu foto, y comprarla si quieres. No recuerdo bien cuánto me costó la foto, pero cuando la vi esa noche en el hotel, tuve que comprarla sí o sí.

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En el Col no hay nada más que un pequeño aparcamiento abarrotado, aunque para una moto siempre hay sitio, así que nos paramos y estuvimos un rato largo disfrutando de las vistas, que merecían la pena. Y encima coincidimos con unos paisanos que iban en bicicleta. Unos valientes.

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Tras un buen rato sentados mirando al infinito y sonriendo como idiotas, tiramos para abajo. Como arriba no había ninguna tienda donde comprar la clásica pegatina del puerto, paramos en una que hay junto al túnel que atraviesa este alto de lado a lado, y enfilamos directos hacia el próximo destino, cada vez con más tristeza, porque sabíamos que sólo quedaba un gran puerto y después… se terminaban los Alpes para nosotros. Ese paso que faltaba era el Col D’Izoard (2.360 m.). Menos mal que por lo menos nuestra despedida de Alpes fue de esa manera, porque tanto la carretera que va del Galibier al Izoard como la subida de éste no defraudan. El valle que une ambas cumbres y que pasa por Briançon es amplio y con buena carretera y tanto la subida al Izoard como su bajada nos permitieron disfrutar con creces de las últimas curvas importantes.

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Y así, saboreando las últimas curvas de los Alpes llegamos al destino final del día, Guillestre. Buscamos el hotel, que nos resultó complicado de encontrar dado que ni el GPS encontraba la dirección y es que se encuentra justo a las afueras del pueblo (aunque a 10 minutos andando del centro) y escondido detrás de una cuesta. El hotel (LeChateau Guillestre, Bed&Breakfast, 60€ con desayuno) era una antigua casona muy bien adaptada y con una casera muy simpática. Dejamos todo en el hotel y nos acercamos al centro del pueblo a dar una vuelta y cenar. Guillestre es un pequeño pueblo, sin mucho interés más allá de su privilegiado entorno, y con un ambiente curioso dado que se encuentra en Francia pero a escasos kilómetros de Italia y se notan influencias de ambos países. Celebraban alguna fiesta local, así que cenamos unas pizzas frente a una verbena difícil de definir (entre cutre y peculiar), y volvimos al hotel a descansar e ir asimilando que al día siguiente ya no iba a haber grandes puertos de montaña en la ruta.

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Día 12: Guillestre – Béziers (Francia), 415 km.

Terminados los Alpes empezaba ya el viaje de vuelta a casa, aunque aún quedaban un par de paradas por el camino. El día ya no deparaba grandes puertos de montaña, sino aburridas autovías y autopistas.

Me encanta la moto, pero reconozco que las carreteras rectas de varios carriles me aburren, y mucho. Así que como salimos pronto del hotel y no teníamos prisa por llegar al destino, decidimos cambiar la ruta planificada abandonando parte de autovía para ir por zonas más entretenidas. De hecho gracias al TomTom Rider (que tiene una opción para buscar carreteras con curvas) atravesamos varios pequeños puertos que aunque no tenían nada que ver con los de los días anteriores, hacían la ruta mucho más amena.

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Cerca de Avignon paramos a comer en un restaurante-grill sólo por el hecho de que anunciaban tener aire acondicionado dentro. El sur de Francia en agosto es agobiante: siempre que he pasado por allí hace un calor exagerado, pegajoso y sofocante, y ese día era un buen ejemplo. Al salir de comer no se podía ni tocar el depósito de la moto, y el asiento calentaba el culo hasta hacernos pensar que íbamos sentados sobre una plancha. Se nota que me “encanta” el calor, ¿verdad?.

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Pasado Avignon cogimos autopista, y en poco más de hora y media llegábamos al destino del día, Béziers, donde íbamos a estar un par de días.

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Y como en todo viaje tiene que ocurrir algo, aquí tuvimos una pequeña sorpresa con el hotel. Yo había reservado en el Etap Béziers Centre Palais Congrès (85€ dos noches). Llegamos, dejamos la moto en la puerta, y descargamos todo. El problema vino cuando el recepcionista no era capaz de encontrar nuestra reserva… hasta que descubrió que yo había hecho la reserva para esos dos días… pero del año siguiente!! Se conoce que Booking.com me pasó una mala jugada al elegir fecha, yo no me di cuenta del año que me ponía, y reservé tan tranquilo.

La mala suerte hizo que no hubiese ninguna habitación libre para esa noche en el hotel… pero la buena hizo que el hotel estuviese pegado pared con pared a otro, un Mercure que es de la misma cadena y que tenían las recepciones unidas, y en éste sí que había, aunque justo para esa noche, no para la siguiente. Era bastante más caro, pero el recepcionista nos hizo descuento (muy amablemente y porque quiso, ya que el problema era mío por no haber reservado bien) así que al final pasamos una noche en el Mercure, y la siguiente en el Etap. Un 10 para el recepcionista que encima nos regaló el parking de los dos días.

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Solucionado el tema, dimos una vuelta por la zona del hotel, cenamos en un japonés que había al lado, y a descansar.

Día 13: Béziers (descanso).

Tocaba día sin ruta para conocer un poco Béziers, pequeña ciudad (72.000 habitantes) que varias personas me habían recomendado. El día anterior no habíamos visto prácticamente nada dado que sólo habíamos dado una vuelta por las manzanas cercanas al hotel, y tampoco nos había dado muy buena impresión. Muchas teterías, locutorios, tiendas de chinos, gente con pinta sospechosa… (de hecho metimos la moto en el garaje del hotel, cosa que no habíamos hecho en todo el viaje) y no es que fuese mala zona, que era zona comercial con varios centros comerciales, un palacio de congresos… pero no daba confianza.

El caso es que la parte histórica era otra cosa. Bastante antigua (según la wikipedia Béziers tiene unos 2.700 años de historia) y con un ambiente bastante tranquilo. Había turistas pero también mucha gente local, y se notaba bastante vidilla, pero sin llegar a agobiar. Dedicamos el día a pasear por sus calles, tomar algo en las terrazas, entrar en tiendas curiosas (hay bastantes tiendas de arte y antigüedades que sólo por verlas merece la pena entrar), ver su catedral (que es bastante recomendable, sobre todo subir arriba del todo para observar unas interesantes vistas) y en definitiva vaguear.

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Por cierto, que comimos en un restaurante que hay justo debajo de la catedral, en la plaza trasera, llamado “La Brasserie du Palais”. Muy muy recomendable, sobre todo sus Moules-frites (vamos, mejillones con salsa a elegir y patatas fritas, plato típico de ciertas zonas de Francia).

Durante la tarde-noche, comentando entre nosotros el destino del día siguiente (que originalmente era Lleida) no sé cómo sucedió pero acabamos cancelando la reserva del hotel y cambiándola por Andorra. No habíamos estado ninguno, y ya que nos pillaba “cerca”, decidimos hacer parada allí.

Día 14: Béziers – Andorra la Vieja (Andorra), 258 km.

De la ruta entre Béziers y Andorra no hay mucho que comentar. Calor y más calor, carreteras aburridas hasta poco antes de llegar a Andorra gracias a los Pirineos, y poco más.

Y sobre Andorra… pues bueno, el pequeño país del consumismo. Nunca había estado y flipé con la cantidad de tiendas por metro cuadrado que hay allí. Evidentemente, alguna cosilla ya cayó, aunque por suerte o por desgracia no entramos en ninguna tienda de ropa de moto, porque entonces igual volvemos arruinados.

El hotel (Sàlvia D’Or, 60€ noche) nos asignó una habitación en el último piso, abuhardillada, muy cuca, pero sin aire acondicionado, y eso era la muerte. Por suerte también tenía una terraza bien grande en el tejado, y pudimos aprovechar cuando bajó el sol para tomar un buen kalimotxo preparado por nosotros mismos, que hacía días que no probaba uno y había antojo :-P

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Día 15: Andorra – Vitoria-Gasteiz, 543 km.

Y aquí terminaba ya de verdad el viaje. Con una etapa más larga de lo normal, por aburridas autopistas y autovías, y con la cosa esa que llevas en el cuerpo cuando ves que las vacaciones terminan. Es cierto que todavía duraban en la retina las grandes cumbres alpinas y eso hacía seguir sonriendo, pero cada vez estábamos más cerca de casa y… eso ya no hacía tanta gracia. Sé que hay gente que tras unos días de vacaciones dice que echa de menos su casa, que llega y es feliz volviendo a dormir en su cama. Yo no. Yo nunca quiero volver. Y en el fondo eso es bueno, porque significa que las vacaciones han sido buenas.

La última foto del viaje, la del último paso de montaña que atravesamos, ya entrando “en casa”: Herrera, 1.100 m. Uno de los más altos que tenemos por aquí, con un par de curvas de 180º, pero después de lo que habíamos hecho días antes nos entró hasta la risa cuando pasamos por él…

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Como dije cuando empecé la crónica del viaje, espero que todo esto le pueda servir a algún motero para planificar sus vacaciones por Alpes. Si es así, me encantaría que me dejaseis algún comentario sobre vuestro viaje, qué tal ha ido, etc. Y aunque he llenado los post del viaje de imágenes, el que quiera ver más fotos de ese viaje (y de otros) que se pase por www.ikfoto.com que tiene fotos como para aburrirse.

VIAJE A ALPES – Parte II

Segunda parte del viaje a Alpes. El que no haya leído la primera, que se pase por aquí.

Día 6: Chur (descanso).

Chur (en alemán) o Coira (en italiano) es una ciudad de unos 35.000 habitantes, considerada como la más antigua de Suiza. Se encuentra en el valle del Rin, y es el punto de encuentro entre las culturas latina y germánica. En este viaje aprendí algo de Suiza que me llamó la atención, y es que tienen 4 lenguas oficiales: alemán (la más hablada), francés (hablada por el 20%), italiano (6%) y romanche (0,5%). Y yo que siempre había pensado que en toda Suiza se hablaba alemán…

Pese a no tener muchos habitantes es una ciudad amplia al estar formada en su mayor parte por casas bajas con jardín, algunas avenidas largas, una gran estación de tren (principalmente de mercancías), y bastante industria, pero la zona bonita es la Ciudad Vieja, con sus calles estrechas y sus edificios antiguos pero muy bien conservados. Me gustó mucho y merece le pena una visita.

Pasamos el día recorriendo sus calles, descansando tranquilamente en alguna terraza y curioseando algunas tiendas como por ejemplo una de navajas suizas que tenían todo tipo de utilidades, desde las más básicas hasta algunas con USB y cargadores solares para móvil. Todo a precio suizo, eso sí.

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Por cierto, un detalle: por la ciudad la gente se movía bastante en bici, y cuando se paraban y entraban a una tienda o una cafetería la dejaban fuera, apoyada sobre su pata de cabra, y ya. Ni candados ni nada. E incluso con la compra en la cesta. Los suizos son unos aburridos, sí, pero tienen cosas de las que ya podríamos aprender otros países…

Día 7: Chur – Livigno (Italia), 236 km.

Descansado el cuerpo el día anterior, volvíamos a la moto, que en el fondo es para lo que estábamos allí. Y además tocaba (entre otros) un paso al que le tenía muchas ganas, el Stelvio.

El primer destino del día era el Flüelapass (2.389 m.). La carretera salía de Chur  recorriendo el valle del Rin, pero pronto buscaba un valle más estrecho camino del Flüela. La carretera era amplia y sin muchas curvas, pero nosotros cogimos un desvío que nos iba a hacer atravesar una pequeña cordillera. El problema es que la carretera que había ojeado yo en el GPS cada vez era más estrecha, más empinada, y menos asfaltada… hasta el punto que tuvimos que dar media vuelta. Quizá una trail habría podido seguir, pero aún y todo no tenía muy claro de que fuese a llegar donde yo quería, así que volvimos a la carretera anterior y seguimos tranquilamente disfrutando del paisaje.

Tras pasar por un pequeño lago, el Davosersee, que se encuentra justo antes de llegar a Davos (que a alguno le sonará por ser la sede del Foro Económico Mundial), empezaba la subida al Flüelapass. Una subida en la que encontramos bastante tráfico pero principalmente eran motos, y como la carretera era buena y de curvas rápidas en general, y el ritmo era alegre, en nada nos plantamos arriba.

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En este caso en el alto había (como en casi todos) un pequeño lago, pero no había vistas hacia ningún valle, así que fue parar, comprar la respectiva pegatina, y tirar para abajo. La bajada era también rápida, aunque salpicada de vez en cuando por las típicas curvas de 180º a las que ya me estaba haciendo a base de pasar y pasar por ellas. Viajar en moto por Alpes es como hacerse un máster de curvas.

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La carretera iba bajando hasta encontrarse con un río que compartía ruta con la carretera y que iba apareciendo y desapareciendo a nuestro lado. Y casi sin darnos cuenta, ya estábamos otra vez subiendo. Esta vez la carretera era más revirada que la del paso anterior, más lenta pero más divertida. Además casi no había tráfico así que llegamos pronto al siguiente destino del día, el Ofenpass o Passo del Fuorn (2.149 m.). Estábamos ya acostumbrándonos a subir pasos, y pese a eso todos seguían siendo especiales. Cada uno tenía algo que lo diferenciaba del resto. Unos eran más cerrados, otros más abiertos, unos de piedra, otros rodeados de prados, otros con bosques, otros con pueblos… un espectáculo para la vista en todo caso.

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De todas formas, tengo que reconocer que tanfo el Flüela como el Ofen no son dos de los puertos que más recuerde del viaje, aunque puede que la culpa sea de mi cabeza, que estaba desde que salímos del hotel pensando en el último puerto del día. De hecho después de bajar el Ofen, pasando por Prato Allo Stelvio recuerdo que la imagen de la siguiente foto me hizo sonreír sabiendo que en esos montes nevados que se veían al fondo se encontraba uno de los objetivos principales de este viaje.

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Ese objetivo no era otro que el asombroso y mítico Passo Stelvio (2.760 m.). Uno de los puertos de montaña más elevados de los Alpes, sólo superado por el Col de L’Iserán, del que también hablaré más adelante. Los aficionados al ciclismo lo conocerán porque el Giro suele pasar por él, y de hecho entre muchos ciclistas es conocida como “la cima Coppi”, dado que fue Fausto Coppi el primero en coronarla en un Giro.

Para los motoristas es más conocido por sus 24 kilómetros de subida y sus 48 curvas con un desnivel medio de un 7.5%. Creo que hasta este puerto no había llegado a meter primera en la moto para subir un puerto nunca. Pues aquí lo tuve que hacer, y varias veces. Las curvas son impresionantes, no sólo por sus 180º sino porque antes de entrar en ellas te parecen verdaderos escalones. Para mí cualquier ciclista que suba este puerto debería recibir al instante el título de superhéroe.

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Recuerdo que llegar a la cima me provocó una sensación mezcla de triunfo pero también de disgusto. Quería más. Esos 24 km. me habían sabido a poco, y eso que el ritmo de subida es tan tranquilo que te cuesta lo suyo llegar arriba. No es un puerto de “Rs”, es un puerto para disfrutar cada curva. Y reconozco que lo hice.

En la cima había bastante vida. Estaba repleto de motos, de ciclistas, de puestos vendiendo camisetas, pines, gorras, pegatinas… todo un completo merchandising del Stelvio. También hay varios sitios para comer algo, aunque tengo que recomendar sin duda alguna el puesto de salchichas de diferentes tipos que tiene un señor vestido de tirolés en la misma carretera. Recuerdo haber saboreado esa especie de perrito sentado en un murete, mirando al infinito, gozando como un tonto del paisaje. De hecho allí entendí lo que tiene que suponer para un alpinista subir una cumbre, teniendo en cuenta que el paisaje que yo estaba observando es una parte ínfima de lo que verán ellos, aparte de no haber hecho ningún esfuerzo físico más allá de llevar la moto por su camino. Impresionante.

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Creo que las fotos hablan por sí solas. Entre las cerradas curvas que se ven subiendo por la ladera y el paisaje que se disfruta desde arriba, puedo decir que sin duda es el puerto de montaña que más recuerdo de todos los que he subido. Y por suerte este año repito!!

Después de comer estuvimos dando una vuelta por allí (pudimos tocar nieve en pleno agosto), y subimos andando al refugio que hay en la zona más alta (el Tibet), donde tomamos un café sentados junto a una ventana que daba al inmenso valle que quedaba a nuestros pies.

Con pocas ganas de abandonar aquel lugar subimos a la moto y empezamos la bajada, que tampoco estaba nada mal. Motos y más motos en caravana (pero a buen ritmo), curvas cerradas enlazadas con otras más amplias, cascadas de agua por los laterales, y hasta estrechos túneles donde los coches podían llegar a encajarse si se encontraban con otro, como pasó delante nuestro.

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Al poco de empezar la bajada uno puede desviarse hacia la derecha e ir al Umbrailpass (2.501 m.) pero eso nos llevaría al punto de partida (cosa que no me habría importado en exceso, la verdad) así que nosotros sólo coronamos la cima y volvimos a la carretera que seguía bajando hacia Bormio para tomar justo antes de llegar un desvío dirección a otros dos pequeños puerto llamados Passo Foscagno (2.291 m.) y Passo Eira (2.208 m.) que nos llevaban directamente al destino final del día, Livigno.

Un vez en Livigno descargamos todo en el hotel (Hotel Prímula, 100€/noche) y fuimos a dar una vuelta por el pueblo. Es un sitio curioso porque pertenece a Italia pero es zona franca, lo que significa que no está sujeto a ciertos impuestos estatales. Es un pueblo pequeño, lleno de casas de piedra y madera, y con muchas flores por todas partes. Por todo el pueblo hay empresas que organizan rutas a pie y en bici por la zona, aunque se nota que su momento fuerte es el invierno, ya que desde el mismo pueblo salen algunos telesillas para subir a las laderas que lo rodean. Además también hay un montón de tiendas de electrónica, joyerías, estancos y tiendas de bebidas. Vamos, una pequeña Andorra. Para que os hagáis una idea, por aquel entonces nosotros andábamos pagando el litro de gasolina a 1,40€, y allí estaba a 0.99€. Eso sí, sólo puedes llevar el que quepa en tu depósito, nada de llenar garrafas.

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Día 8: Livigno – Verbania (Italia), 260 km.

Abandonamos Livigno a primera hora de la mañana. No he comentado nada pero dado que los horarios por toda la zona de Alpes son más europeos que los nuestros, siempre madrugábamos a eso de las 7-8 de la mañana para estar en ruta nunca más tarde de las 9. Teniendo en cuenta que por allí comen a las 12 y cenan a las 7 de la tarde, o te adaptas o no consigues encontrar sitios para comer, aunque también es cierto que muchas veces recurrimos a ensaladas o sandwiches que nosotros mismos llevamos encima y te permiten comer donde y cuando sea.

Como Livigno está metido en medio de un pequeño valle encerrado por montañas, nada más salir del hotel nos encontramos ya con las queridas curvas. En unos 15 km. estábamos pasando por el primer puerto: Forcola de Livigno (2.315 m.) y  10 km. después el Passo del Bernina (2.330 m.). Una zona bonita, no excesivamente escarpada, con carreteras llenas de galerías, de curvas suaves y también alguna más pronunciada (sobre todo entre las cimas de ambos pasos).

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Una vez bajamos el Bernina nos encontramos frente al Lago Bianco y las vías del famoso Glacier Express, un tren de altura que recorre los Alpes desde Chur hasta St. Moritz, apareciendo y desapareciendo de la vista al acercarse o alejarse de la carretera. Además atraviesa numerosos túneles y cuando piensas que ha desaparecido, te sorprende de nuevo su intenso color rojo resurgiendo por alguna ladera…

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El siguiente paso del día era el Julierpass (2.284 m.), cuya subida no nos sorprendió por nada en especial, pero que sí lo hizo en su bajada tanto por la carretera (que alterna zonas abiertas y otras muy cerradas) como por el paisaje, salpicado por riachuelos que jugueteaban con la propia carretera y formaban en su camino lagos de diferentes tamaños.

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Y así a lo tonto volvíamos a estar a escasos 10 km. de Chur, la ciudad donde habíamos estado dos días antes, pero es lo que tiene un viaje en moto por los Alpes, que te pasas el día dando vueltas y viendo carteles que indican distancias a lugares conocidos por los que ya has pasado alguna vez. El caso es que nuestro destino estaba en dirección opuesta a Chur, así que en Thusis cogimos el desvío hacia el último gran puerto del día, el Passo de San Bernardino (2.066 m.).

Mucho ojo porque en Thusis se puede elegir la carretera vieja, que sube hasta el San Bernardino, o la nueva que lo atraviesa por debajo a través de más de 6 km. de túnel. Nosotros evidentemente íbamos por la vieja, buscando curvas. Y las encontramos. Muchas. A lo largo de estos posts sobre el viaje a Alpes ya he comentado que hay puertos que recuerdas mejor que otros. El Stelvio, el San Gottardo… y el San Bernardino, pese a no ser especialmente alto, es otro de esos.

Entre Jannagada, que es donde empieza a subir la carretera hasta Mesocco, donde termina de bajar, hay 30 km. repletos de curvas. Por suerte las más cerradas están agrupadas por partes y se puede descansar brazos de vez en cuando, porque las zonas reviradas son bastante reviradas. Además algunas son curvas cerradas pero amplias, por lo que el ritmo puede ser bastante alegre (lo que puede significar ir a 60-80 km/h. tampoco mucho más). En la cima hay un viejo edificio que ahora es restaurante y creo que también hotel que recuerda mucho a las películas de nazis ambientadas en zonas de montaña, y que por dentro debía ser bastante curioso según me comentó mi mujer, que fue la que entró a por la correspondiente pegatina. Y enfrente del edificio, un pequeño lago, como en casi todos los altos.

Este puerto era impresionante en la subida y también en la bajada. De hecho no sabría con qué ladera quedarme.

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Tras terminar de bajar atravesamos Bellinzona, una pequeña población de unos 15.000 habitantes en la que destacan sus 3 castillos, patrimonio de la humanidad. Nosotros vimos alguno desde lejos porque ya no teníamos intención de parar hasta el hotel, así que seguimos ruta empezando a bordear el Lago Maggiore, el cual se encuentra dividido entre Suiza e Italia y está a unos 60 km. al norte de Milan. Cuando busqué hotel por esa zona recuerdo que unos cuantos kilómetros a un lado o al otro de la frontera significaba doblar o triplicar el precio de la habitación, así que nuestro destino se encontraba en la zona italiana, en Verbania.

Hay que decir que el lago es precioso, pero la carretera no tanto. Desde que empieza el lago hasta Verbania había unos 40-50 km. que nos costaría hacer más de una hora. La zona es muy turística, de veraneo, y está repleta de casas por todas partes pese a que casi no hay sitio entre el lago y las laderas. Es la típica zona en la que no sabes muy bien donde termina un pueblo y empieza el siguiente porque entre uno y otro hay casas continuamente, y claro, eso en agosto significa atascos. Y en este caso al ser una carretera tan estrecha y casi sin arcén ni siquiera la moto nos ayudó a evitarlos. Además había unos 34 grados, y los trajes empezaban a pegarse al cuerpo, así que al final paramos a comer algo a medio camino (calculo que sería en Cannero Riviera) y ya con el estómago lleno y bien cargados de paciencia seguimos hasta llegar al hotel (Hotel Villa Lidia, 160€ dos noches). Una vez allí descargamos la moto, nos pegamos una duchita para refrescarnos y nos acercamos a la orilla del lago para dar una vuelta, tomar algo y cenar.

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La sorpresa fue que era algún tipo de festividad local y había bastante ambiente: barracas, puestos de artesanía, un escenario… y mucha gente en la orilla del lago sentada esperando. Por megafonía anunciaron algo que no entendimos muy bien, pero sí pillamos la hora a la que empezaba eso que atraía a tanta gente, así que tomamos algo y esperamos a que empezase lo que finalmente resultó ser una especie de regata, pero con toque local.

Por lo que conseguimos entender en italiano, había varias tandas en las que participaban unas barcas bastante artesanales, las cuales pertenecían cada una a diferentes barrios, pueblos o zonas del lago. Salían de la orilla, remaban hasta una boya, daban la vuelta, y cuando estaban llegando, uno de los remeros se tiraba al agua, nadaba hasta un palo que había en la orilla con una cuerda colgando, la escalaba y tocaba una campana. Y ya. Muy sencillo, pero con un público muy entregado. Tanto que nosotros acabamos como si fuésemos de Verbania de toda la vida, animando a los locales, que evidentemente eran los que más apoyo tenían.

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Terminadas las tandas cenamos probablemente las peores pizzas que se pueden comer en todo Italia (de esas prefabricadas congeladas, fallo enorme al elegir restaurante), vimos la tanda final ya echada la noche con las barcas iluminadas con un montón de bombillitas y nos fuimos al hotel, que el día había sido largo y era ya tarde. Se notaba que estábamos en un país latino, porque eran más de las 12 de la noche… y no me imagino yo a los suizos a esas horas viendo unas regatas.

Día 9: Verbania (descanso).

Vaya noche. Tan inolvidable como alguno de los grandes pasos de montaña del viaje. La tormenta más bestia que he visto en mi vida, mezcla de tormenta eléctrica con aguaceros y truenos de esos que hacen retumbar cimientos. Y todo esto en un hotel antiguo, una casona de altos techos y grandes ventanas que se movían con cada trueno y que aportaban a la tormenta un plus siniestro (nada que ver la estampa nocturna con la diurna de la foto).

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Pero mi preocupación estaba fuera de la casa, tenía dos ruedas y estaba aparcada en la trasera, en un jardín arenoso, sólo con la pata de cabra (casualidad, yo que siempre pongo el caballete), y rodeada de otras 4 o 5 motos más. Y yo no tenía huevos de salir porque simplemente rodear la casa iba a suponer ponerme como una sopa, pero no dejaba de pensar que la pata de alguna se iba a hundir poco a poco en el suelo con la ayuda del agua y todas iban a hacer el dominó acabando en el suelo. Y así me pase varias horas, sin estar despierto al 100% (ni al 80 probablemente) pero tampoco sin poder dormirme del todo. Por suerte, el suelo aguantó bien, aunque al día siguiente la pata estaba bien hundida. Y ya, ya sé que debería haber metido alguna tablilla o algo debajo, pero ni por asomo esperaba yo que lloviese, y menos de aquella manera.

El día no tenía ruta planificada, y aunque habíamos pensado que igual rodear el lago en moto podría ser buena idea o incluso acercarnos a Milan, los atascos del día anterior hicieron que desecháramos la idea y dedicásemos el día a conocer el pueblo.

Verbania es un pueblo de unos 30.000 habitantes, bastante amplio y con zonas de casas actuales y feos apartamentos, pero también tiene dos zonas atractivas, una en cada punta del pueblo, pero muy similares entre sí. Callejuelas estrechas, con casas antiguas pintadas de vivos colores, varias iglesias sencillas por fuera pero que al entrar sorprenden… vamos, de esos sitios que invitan a perderse por sus calles. Y eso hicimos durante todo el día, aparte de sentarnos a descansar observando el lago rodeado de montañas, que es una vista que merece mucho la pena.

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Por la noche buscamos alguna pizzería buena (las pizzas del día anterior me habían dejado una espinita clavada) y gracias a google encontramos una por la zona muy recomendable.: “Pizzería Locanda del Lupo” . Nos cenamos dos pizzas como dos soles y muy baratas (no recuerdo el precio, pero andaban por los 5€ cada una).

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Después de cenar, directos al hotel, que al día siguiente tocaba de nuevo moto con más Alpes por delante…

Continuará…

EN MOTO POR EL PUERTO LIZARRUSTI

Llevaba ya tiempo sin subir ningún post (falta de ganas, principalmente), pero hoy buscando unos vídeos he encontrado éste que siempre me ha gustado, y como va de motos y está hecho con tecnología, pues tenía que ponerlo aquí.

Es un Timelapse (o StopMotion, nunca me queda claro al 100%) formado a partir de un montón de fotos sacadas con la GoPro colocada en el lateral de la moto. Si no recuerdo mal en este caso configuré la cámara para que hiciese una foto cada medio segundo, y luego ajusté la velocidad en el procesado del vídeo.

El lugar, el Puerto de Lizarrusti, en el Parque Natural de Aralar, entre Beasain y Arbizu, atravesando la frontera entre Eukadi y Navarra. Un sitio precioso e ideal para las dos ruedas con o sin motor.

Está grabado desde mi Honda CBF600S, y el que va delante durante un buen rato es mi amigo Óscar en su Honda CB600F Hornet.

Ah, recomendable verlo a máxima calidad!!